martes, 21 de junio de 2011

Hoy es uno de esos días en que me muero por besarte.
Abrazarte en medio de la calle, ahora, de noche, con la luz de unas farolas y estrellas más allá.
Con la luna, encima.
Y tú, en frente.
En que te diga te quiero hasta que tus oídos me aborrezcan.
Hasta que un susurro no sea suficiente y lo grite, a la gente que pasea, a un pájaro descuidado o al avión del cielo que va en busca de alguien que espera ser rescatado.
Hacer un viaje, que dure horas, minutos, y un segundo exacto sin moverme del sitio en el que me encuentro.
Hacer de tus brazos el colchón donde dormir, de tu pecho la almohada, y de tus besos el aire caliente de verano que se pega y cuando no se tiene se echa de menos.
Convertir el tacto de tus dedos en el viento que da escalofríos.
Y hacer de ti lo que me da calor, y enciende una llama en mí.
Cerrar los ojos, y que sea tu aliento el que choque contra mi boca.
Que tu nariz dibuje un surco en la mía y tus ojos sean el final, y el comienzo.
Y que la escena, el contraste de luces, de colores, tu olor y tu sabor, vuelvan lo que nos rodea sobrenatural, como es costumbre cuando estás cerca y se para el mundo y no suena el tic tac.
Porque, ya sabes:
Hoy es uno de esos días.

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