miércoles, 6 de julio de 2011


Una llamada de teléfono a las 5 de la madrugada.
"Te echo de menos"
Y horas después estoy en tu puerta.
Te abrazo despacio, no quiero pegarte el calor que llevo de fuera, pero esa sensación de comodidad en tu pecho me incita a querer estar más cerca.
Un ventilador al que le falta un botón girando al mismo tiempo que tus ojos pestañean, quitándose los rastros de sueño que le quedan.
Juegos de adivinar series, películas, y como era de esperar seas quien más acierte.
Hemos suspendido en los 3, lo que significa que aún quedan infinidad de películas y series que ver juntos.

Enciendes la tele, sale un anuncio en el que la habitación está llena de pétalos y dices que un día me harás eso mismo.

Vemos lost, capítulo 7.
Pones un cojín en tu pecho y me haces un hueco rodeándome encima de ti.
Buscas mi comodidad, la misma que ya tenía desde que te vi abriendo la puerta.
Continuamos viéndolo hasta que llega la hora de comer, guardando el postre para después, sin hablar precisamente del melón.
Me propones ir a tomar un refrigerio antes de cenar en un sitio que no me espero, el Burger King, mientras me explicas como me despertará Franky por las mañanas, dejando mis mejillas mojadas y haciéndome cosquillas.
El kebab gigante tendrá que esperar, y el Burger King parece que también, para llevarme a otro lugar, cogiendo un tren desde Sutullena después de ese aperitivo y el juego en el móvil de letras; en el cuál sale la palabra leona y me señalas. Hablando de Franky y de su fuerza descomunal tras un entrenamiento intensivo y un poco de crema en las arrugas.

Vas a sacar dinero, diciendo que me acerque y enseñándome como los primeros dígitos son el 2 y el 3: 23.

Y ya en el tren, siendo free, hablamos de Japón, de Tokyo y Kyoto, y lo maravilloso que sería ir en navidad entre algunas cosas más.
Hemos llegado a la cena.
Me gusta verte disfrutar de la comida y como, hablando de la cebolla como condimento perfecto para cualquier comida, pienso en que tú eres la comida perfecta.
Comienza a chispear, lo cuál dura unos instantes.
Vídeos de mundo viejuno
Lost
Cena
y a dormir.
Te despiertas sobresaltado, has soñado que te despertabas y ya no estaba ahí.
Te abrazo, no voy a irme a ninguna parte, solo deseo estar cerca de ti.
8 de la mañana y tienes que ir al médico.
Mi cabeza quiere acompañarte, mi cuerpo quiere quedarse entre las sábanas.
Esta vez ha ganado la batalla.
Acabo dormida, despertándome al instante y apretando con fuerza la almohada.
Te echo de menos, estoy deseando que vuelvas y a penas hace dos minutos que te has ido.
Y cuando al fin regresas sonrío, preguntándote cómo ha ido y quedándome dormida en tu pecho antes de que las obras entren en acción.
Y cuando despertamos me cuentas un cuento, o más bien varios.
La caperucita coja, los 3 cerditos formados por 2 cerdos y un loro, el gato al que le regalan un hombre, los siete cabritos y Juan y las habichuelas mágicas, con los carismáticos personajes de “el lobo”, Sherlock Holmes y “Jack el destripatres”.
No dejo de reírme, tienes un ingenio sin fin para contar historias, y este pasa a ser mi cuento favorito.

Ya son las 12, mueves el mueble con la televisión para que llegue de frente y vemos lost.

Se nos saltan las lágrimas con una escena, te beso las mejillas para limpiártelas, y en la siguiente escena que te emocionas, me coges y me achuchas de un lado para otro riéndote para que no te vea, te da vergüenza y me encanta.

Acabamos la temporada a la vez que comemos, para poco más tarde acompañarte a dar las radiografías.

De camino, señalas un te quiero pintado en la pared y me miras.

Nunca dejarás de sorprenderme, y eso me encanta, casi tanto como el detalle que acabas de tener.

Ya conoces la respuesta, que diré sin importar cuántas veces sean.

Mis pies me duelen cada vez más por el calzado que me hizo heridas la noche anterior.

Llegamos, y después de un rato esperando te llaman: “Víctor Ros”.

Y una sensación de orgullo se apodera de mí, pensando lo bien que suenan esas dos palabras juntas y lo mucho que significaba esa persona que tengo al lado.

Sonrío.

Cuando al fin sales dicen que estás totalmente bien, lo que es un alivio y una alegría al mismo tiempo.

A la vuelta tomamos un helado, kit kat y nata con cookies, ricos ambos pero no te llegan a alcanzar.

Vuelves a insistirme en comprar otro calzado, a lo que me vuelvo a negar.

Casi llegando, a tan solo un par de calles me ofreces llevarme en la espalda, de no ser por la falda que llevaba, y sonrío, siempre pendiente de que esté bien.

Llegamos a tu casa, descanso los pies tumbada en el sofá y me preguntas si quiero que me des un masaje en ellos. Sin llegar a contestar comienzas a dármelo, haciéndome cosquillas y al mismo tiempo relajándome. Eres un cielo.

Vamos a tu habitación.

Después de estar un rato tumbados en la cama jugamos a la brisca, y seguidamente me haces 3 trucos de cartas, haciendo que la elegida salte dirigiéndose hacia mí, quedando más espectacular.

Me cuentas una historia que pensaste, “La brisca” pero cuyo título no sería ese.

De 4 bandos especializados en una rama, con un caballero, con el héroe y el rey de cada uno, y cuyo objetivo es conseguir lo que salga de muestra.

Suena bien, muy bien de hecho. Sin haberme mencionado antes la similitud no lo hubiera relacionado.

Tras un largo tiempo me quedo dormida al mismo tiempo que tú, pegada a ti, con tu respiración junto a la mía y con una sensación de comodidad y tranquilidad inigualable.

Me despierto y te beso despertándote a regañadientes, no quiero despertarte, estás precioso dormido y adoro estar pegada a ti, pero la hora por desgracia no acompaña.

Te veo merendar saboreando la leche fría después del calor que ha hecho durante la tarde.

Y nos vamos, he de coger un tren y tú tienes que volver al trabajo después de unos días de descanso.

Por mi torpeza tenemos que volver, he olvidado el móvil en tu habitación, a lo que llegamos a la estación corriendo justo en el minuto en el que están anunciando la salida inmediata.

Me besas rápido, audaz, devolviéndote el calzado que me habías prestado para llegar.

Tiempo récord.

Te vas y desde la ventana te miro, despidiéndome de ti y sonriendo, casi tan ampliamente como tú acabas de hacer.

Y tal como hace dos días, vuelve esa sensación.

La misma que me dice que no quiero separarme de ti.

Oigo tu voz por la noche: “Te echo de menos”

Y tienes que saber mi vida, que yo a ti también.


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